A tribute to the people of Mongolia and China




Homenaje a los pueblos de Mongolia y China

Siempre me he sentido agradecido con la creación por el bien inmenso que infunde en todas sus criaturas. Hoy, después de un período de tristeza por todo el planeta, vivo un momento de nuevas alegrías y esperanzas para el corazón, porque me gusta pensar, no en lo que la pandemia me ha quitado, sino en lo que me ha dado. Como un joven Marco Polo mi gratitud vuela hacia dos pueblos lejanos y cercanos a la vez. Lejanos, habida cuenta de las distancias físicas; cercanos, si pensamos en el espíritu.

Los bravos, nobles, antiguos y tan humanos de Mongolia y de China, con su gente mesurada, industriosa, creativa, amistosa y abierta al mundo: son ellos, los que desde hace años, con el vellón de cachemira de la calidad más excelente, me permiten crear, aquí, en Italia, junto a nuestro saber, un gran número de bienes prestigiosos y de haber tanto trabajo y tanta riqueza para tantas personas. Son ellos lo que, con una fibra casi divina, por su suave calidez, me permiten concretar y convertir en realidad el sueño de un capitalismo humanista. Un capitalismo que coloca, por encima de todo, la armonía entre el lucro y el don, pero que considera a cada ser humano como a un hermano que cuida con cada gesto afectuoso, procurando que su vida sea más amable, cuidando sus ciudades, volviendo más agradables sus suburbios y sus campos más ubérrimos. Me gustan esas palabras de Confucio: "La persona benevolente, con sus deseos de progresar, hace que los demás progresen". Y pienso al progreso del espíritu y no sólo al bienestar material.

Lejanos y cercanos a la vez, los pueblos de Mongolia y de China, durante mis viajes de negocios, me han recibido con benevolencia tantas veces… ¿cómo olvidar, entonces, los cielos infinitos, las praderas de un verde intenso que, con su extensión, evocan al mismo tiempo el símbolo inmenso del cosmos y el símbolo humano del núcleo familiar? Allí viví experiencias muy humanas. Y, lo digo con toda la sinceridad de mi corazón, el afecto con que me distinguieron me deleitó: porque me abrieron las puertas de sus casas o, mejor dicho, me acogieron como a uno más. Sucedió durante una fría noche estrellada, bajo un cielo infinito, bajo el claror de una luna llena que plateaba las inmensas llanuras y las colinas suaves, hasta donde la vista alcanza: toda esa belleza me encantó. Y pensé en mi tierra lejana, en nuestros paisajes tan parecidos a estos, como el que rodea el pueblo de Castelluccio, en los alrededores de Norcia, en mi amada Umbría, una pequeña Mongolia, con las mismas curvas delicadas, con los mismos innumerables matices de verde y el mismo cielo que, durante el ocaso, se tiñe de miles de colores. Y pensé al amor por la naturaleza, verdadero significado de la relación existente entre el ser humano y la creación, de la que él mismo es parte indisoluble junto a todas las demás criaturas; y al respeto por los animales, incluso cuando los utilizamos para alimentarnos. Porque cuando hay que sacrificarlos, sólo por esta razón, les pedimos perdón y explicamos, hablando con nosotros mismos, que ese sacrificio sirve a un propósito necesario y natural. Entonces, recuerdo las palabras de Epicuro. Así, muchas veces, me pregunté: ¿pero, de verdad, existe realmente una manera más noble de presentarnos ante la creación y de estar dentro de la creación? ¿Puede haber una manera, un lugar, un momento, donde las sensaciones, lo que percibimos de la creación y su significado universal, sean más elevados, más verdaderos y más directos? Esas personas inolvidables me hicieron entender, con sencillez y naturalidad, que todo esto es posible. Por ello, imaginé que me gustaría ser testigo del nacimiento de una especie de nuevo contrato social con la creación. Un nuevo contrato, que no sólo abarque a la humanidad, sino también a la tierra, a las aguas, a los animales. Un homenaje a la creación, nuestra mayor guardiana, que después de colmar a la humanidad de inmensos beneficios, en estos tiempos, parece necesitar nuestra ayuda y sentimos, con la misma naturalidad, que le debemos una respuesta.

Así, vuelvo una vez más a mi humanismo italiano, a mi manera de concebirlo a escala universal. Y, de repente, comprendo, veo y los ojos se abren claramente hacia el significado más profundo y luminoso de la palabra más bella que podemos atribuir a otra persona: "hermano". Sé cuántos conocimientos y cuánta excelsa cultura han transmitido estos pueblos a Oriente y Occidente a lo largo de los milenios. Y, francamente, si hoy tuviera que mirar en la profundidad inmensa de la historia, si yo buscase a la persona que, en medio de la multitud, simboliza de la manera más elevada la historia, el pensamiento y el espíritu chino, ese hombre, según mi parecer, sería Confucio. Y, precisamente por esa razón, en mi pequeño y amado burgo de Solomeo, le reservé a ese gran hombre un lugar de honor entre los sabios de la Antigüedad. Su busto, esculpido en piedra, se encuentra hombro a hombro junto a otro sabio, un heleno que precisamente en la misma época de Confucio vivió como filosofo: Platón. Ambos están juntos porque le otorgaron al mundo una sabiduría que resulta indemne al paso del tiempo.

Cuando, durante mis viajes de negocios, fui recibido con los brazos abiertos y me senté a la mesa para compartir su comida, percibí que, en cada uno de ellos, latía un espíritu universal y pude reconocer las palabras del gran y amado Confucio, cuando dijo:" Yo no creo sino que dejo en herencia".

Miro a estos pueblos con mis ojos occidentales. Veo la profundidad y la belleza de sus ojos, que parecen dibujados por el pincel de un pintor, tan llenos de misterio y al mismo tiempo tan amables. En ellos percibes la afabilidad de quienes desean conocerte y compartir contigo sus cosas, sus pensamientos y sus sentimientos. Basta admirar su escritura que es arte en estado puro -cada palabra parece un cuadro-. Basta vivir un poco con estos nobles pueblos para comprender algo que de otra manera es inimaginable; a saber: cómo pueden convivir la lejanía y la cercanía; la inclusión de dos valores tan grandes; la comunión entre mi pueblo y el suyo encuentra sus genes en la familia.

Dante, con su sabiduría, me enseñó que cada decisión es un acto de amor y que, en el fondo de todas nuestras acciones, se halla todo nuestro pasado. Yo siempre siento la importancia de esta enseñanza, porque me permite elegir estar eternamente agradecido a los pueblos mongol y chino. Con todo mi amor, con todo mi espíritu. Por ese aterciopelado y noble vellocino de cachemira que simboliza la belleza de la creación. Y que, para mí, además, es el símbolo de la fraternidad entre los pueblos.

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